5 claves para entender cómo procesan las emociones las personas sensibles

Escrito por  22 Ene 2020

La sensibilidad de una persona puede ser una puerta de entrada a los trastornos alimentarios.

No porque sea un defecto, sino porque la interacción con su entorno lleve a desarrollar sus riesgos en vez de a desarrollar sus potenciales.

 

Además, en la cultura occidental las emociones han estado muy minusvaloradas y la Psicología no se ha librado de ese sesgo, por lo que hasta hace poco confundíamos diferentes procesos de la sensibilidad en una amalgama de "emocionalidad negativa". Sin embargo, hay diferentes pasos en el procesamiento emocional y una persona puede ser sensible en uno, varios o todos. Los revisamos.

 

1. Percepción e Intuición: Captar significados emocionales

 

Imagina que tienes un termómetro muy, muy preciso que siempre te acompaña. Tan preciso que conoces la temperatura con decimales, de forma que cuando los demás dicen "hoy hace igual que ayer, 24 grados” tú sabes, gracias a tu termómetro, que no es verdad porque ayer marcaba 24,1 y hoy marca 24,9. El problema es que los demás no te entienden cuando les dices que no da igual (porque gracias a él tú te has dado cuenta de que no da igual), parecen no percibir lo que tú percibes… Durante un tiempo, intentaste tapar el termómetro e intentar guiarte por lo que te decían los demás, para ser más “normal” en esto. Pero no funciona: es como si el sensor lo llevaras ya dentro y se rebela cuando intentas ignorarlo. No puedes dejar de percibir lo que percibes.

 

Tu termómetro preciso se llama sensibilidad emocional. Es curioso: lo que llamamos precisión en un sensor de cualidades físicas, lo llamamos de formas bien diferentes cuando nos referimos al sensor emocional de alguien. Las personas con alta sensibilidad suelen escuchar que son unas exageradas, susceptibles, débiles, tiquismiquis… ¿Suenan igual de bien esos adjetivos que la "precisión"? Porque realmente la sensibilidad viene a ser una "precisión emocional"... El problema es que si es preciso también suele variar mucho, porque capta cualquier pequeño cambio, y eso hace sentir inestabilidad y sobrecarga con más frecuencia.

 

La descalificación social de la sensibilidad y la inestabilidad que produce hace que muchas de las personas sensibles intenten ocultarla y/o dejar de guiarse por su propio criterio para guiarse sólo por un criterio externo. Esto es muy peligroso y se encuentra en el origen de los trastornos alimentarios: definirse y tomar decisiones en función de criterios externos como la imagen social, las normas, compararse con los demás, complacerles, o conseguir logros visibles (calificaciones académicas, un determinado peso) te aleja del camino hacia tí mism@ y te acerca a síntomas que intentarán hacerte de brújula vital llevándote por el camino equivocado.

 

2. Reactividad emocional: sentir en el cuerpo

 

Puede que en tu infancia recibieras una herencia millonaria que acabaste sintiendo como una maldición: hubo personas que abusaron de ti, derrochaste esa fortuna en lo que no debías y acabaste metiéndote en líos fiscales por no saber manejar bien tu economía.

 

Tu herencia millonaria se llama intensidad emocional. Tu cuerpo, lo quieras o no, responde con vehemencia a los estímulos emocionales que percibes. Así que eres una persona inmensamente rica en respuesta emocional. Pero es muy importante saber gestionarla, aprender de la experiencia y contar con profesionales que te ayuden a canalizar tus emociones, calcular mejor tus inversiones, y analizar los contextos en los que puedes sacar tu cartera emocional de forma más segura. En cualquier caso, a veces te seguirás equivocando, como todo el mundo, pero sabrás ya mucho de bancarrotas y habrás aprendido a pedir ayuda antes de llegar a números rojos.

 

Los síntomas alimentarios vienen a veces a tapar bancarrotas fingiendo que no pasa nada, mientras que los números se desploman cada vez más acercándote al sentimiento de ruina.

 

3. Impulsividad: de la emoción a la conducta

 

Puede que como parte de la herencia, también te tocara un Lamborghini rojo. A cada hermano os tocó un motor diferente: a uno le tocó un Ferrari que se parece bastante en motor al tuyo, a otro le tocó una Harley-Davidson, a otro un Volvo, y a tu hermana pequeña le tocó una furgoneta Volkswagen de ésas tan hippies. Tú no puedes entender cómo tu hermana se arregla en el día a día con esa simpática cafetera, pero te encantan los viajes con ella cuando no tienes prisa. Tu coche sin embargo es capaz de ponerse de 0 a 100 km/h en menos de 3 segundos. A algunos amigos y familiares les divierte muchísimo cuando les llevas aunque a veces cuando miras sus caras crees que también les da un poquito de miedo tu forma de pisar el acelerador… Has tenido algún pequeño accidente con él. Bueno, y algún susto algo más gordo. Lo peor fue cuando te fallaron los frenos. Necesitaste volver a la autoescuela para reaprender muchas cosas, a veces es más fácil con un buen copiloto. Aún sigues aprendiendo a modular tu forma de conducir según el tipo de carretera y la compañía, entendiendo que no a todos tus pasajeros les gusta la misma velocidad…

 

El motor de tu Lamborghini emocional se llama impulsividad. Es un motor tan potente que facilita que de la emoción saltes a una conducta en pocos segundos. A veces este "reprise" resulta muy divertido. Otras veces es práctico en situaciones en las que se requiere una reacción rápida y contundente, pero no siempre funciona porque rápido no es sinónimo de eficaz. Además, no en todos los contextos ni a todas las personas se les puede aplicar la misma velocidad emocional, lo que puede llevar a problemas en las relaciones. Quizás eso te ha llevado a renegar de "tu motor" en algunos momentos, pero lo cierto es que tampoco te imaginas con otro coche ni con otro motor. Así que sigues aprendiendo a conducir, a domar tu "pura sangre" día a día.

 

En problemas alimentarios, la impulsividad puede ponerte demasiado fácil pasar rápidamente de las emociones (euforia o malestar) a la conducta alimentaria (sobre todo atracón, sobreingesta, picoteo, vómito).

 

4. Regulación emocional: volver a la calma

 

El sistema de frenado de tu Lamborghini es tu capacidad de regulación emocional. Algunos vienen mejor de serie pero también depende de sus revisiones y del uso que le des: igual que nuestra forma de conducir puede desgastar más el sistema de frenado, el estilo de vida (alimentación, sueño, actividad…) puede aumentar nuestra vulnerabilidad emocional y ponernos más difícil la regulación.

 

Es muy importante que aprendas a conducir sola, pero la compañía en ocasiones viene muy bien para recordarte que eches el freno. Sin embargo, no todo el mundo sabe ayudarte a frenar. Algunos se creen que gritándote "¡Frena!" te ayudan, pero es mucho peor. Como los que quieren echar el freno de mano de repente y se arriesgan a derrapar… Es importante que tu copiloto sepa mantener la calma.

 

Todos los síntomas alimentarios, tanto restrictivos (recortar cantidades, tipos de alimentos o cocinados, saltarse comidas) como compulsivos (atracones, sobreingestas, picoteo) o purgativos (abuso de laxantes, diuréticos, vómitos autoprovocados) son intentos de regulación emocional: su objetivo es bueno, pero se equivocan en la forma de intentar conseguirlo. La regulación emocional pasa por estabilizar un estilo de vida saludable y de revisar todo nuestro "sistema de frenado", desde la selección de situaciones/relaciones hasta la reinterpretación, pasando por estrategias de relajación, comunicación y búsqueda de apoyos sanos. La psicoterapia es el taller emocional que te ayuda a esa revisión.

 

5. Apoyo emocional por otros: validación e invalidación emocional

 

La precisión no asusta. La riqueza tampoco (más bien lo contrario). La potencia de un coche suele considerarse muy deseable... Pero cuando hablamos de emociones, todo cambia. La sensibilidad emocional, la intensidad emocional y la impulsividad, sean propias o ajenas, nos mueven por dentro y no siempre queremos que nuestro interior se tambalee. Tenemos necesidad de control y además esa necesidad nos la refuerzan mucho en nuestra cultura. Así que socialmente lo que se hace con frecuencia es presionar (ni se te ocurra empezar a llorar), negar (no es así como lo sientes), minimizar (no tiene tanta importancia), castigar, ridiculizar (qué mema/o, tonta/o), avergonzar (con lo mayor que eres), ignorar, y un largo etcétera que los psicólogos llamamos invalidación emocional. La invalidación emocional viene a decirte: tus emociones, tu subjetividad, son ridículas, estúpidas, peligrosas o irrelevantes (hasta el punto de necesitar ser ignoradas). Y lo peor es que produce un principio de Arquímedes a nivel emocional: cuanto más intentas presionar tu emoción "hacia abajo" para que no salga...más empuja esa emoción "hacia fuera". Así, los mayores enfados los tienes cuando te dicen "no te enfades", los peores ataques de risa en situaciones que requieren seriedad y silencio, el máximo miedo cuando te dicen que "es muy fácil" y la mayor pena cuando te dicen "no tienes motivos para llorar".

 

En realidad, las personas que invalidan no tienen mala intención, sólo están equivocadas. Uno de los peores mitos respecto a las emociones perturbadoras es pensar que si permitimos su expresión estaremos amplificándolas. Sin embargo, suele ser al contrario: poder hablar o comunicar emociones de otras formas (por ejemplo, con cualquier forma de expresión artística) en un contexto validante, respetuoso y aceptante, ayuda a encauzar la emoción poco a poco. Poco a poco porque regular emociones no es suprimirlas. Siguiendo con las metáforas, las emociones son como un río que baja por una montaña. Podemos intentar que el cauce se desvíe para que no nos arrolle. Podemos incluso aprovechar el impulso del agua para un molino. Pero lo que nunca podremos hacer será impedir que el agua baje.

 

Quizás tú has recibido una herencia inmensa, un motor potente y/o un sensor preciso. En ese caso, enhorabuena: ¡eres inmensamente ric@! Pero “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”… Tienes unos muy buenos recursos emocionales pero son delicados y necesitas cuidarlos. Para empezar, deja de llamarlos defectos. Tu emocionalidad te hace vulnerable pero también puede ser tu mayor fortaleza. Es una fuente precisa de información y experiencia de vida. Conoce tus recursos, púlelos, selecciona bien con quién los compartes…¡y disfrútalos!

 

Nota: Gracias a M.Linehan y su tremendo trabajo sobre la inestabilidad emocional, sin el cual este post no hubiera sido posible. También a E.Aron por todo su trabajo que está contribuyendo a despatologizar la sensibilidad. Pero sobre todo mi agradecimiento a todas las personas que tienen la generosidad y el coraje de compartir su riqueza emocional conmigo, permitiéndome aprender tanto.  Espero que algún día los profesionales dejemos de llamarlo vulnerabilidad emocional y empecemos a llamarlo potencial emocional.

 

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Laura Hernangómez

Psicóloga clínica. Unidad de trastornos alimentarios de Hospital Virgen de la Salud de Toledo.

Psicoterapeuta acreditada por la Asociación Española de Psicoterapias Cognitivas (ASEPCO).

Doctora por la Universidad Complutense de Madrid. He presentado diferentes publicaciones de carácter nacional e internacional, incluyendo el libro de divulgación ¿Por qué estoy triste? Guía para afrontar la depresión (Editorial Aljibe). Colaboro en la revisión de artículos de revistas científicas en el ámbito de la Psicología Clínica.

Además de la práctica clínica y la investigación, siempre me ha apasionado la docencia; recuerdo con mucho cariño mis años como Profesora Asociada en la Universidad Complutense y como preparadora de opositores al examen PIR en el Centro Documentación de Estudios y Oposiciones (CEDE).

Twitter: @LauraHgzCriado

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