Igual que los “debería” suelen ir asociados a la culpa, los “no puedo” suelen ir asociados a ansiedad. Son consecuencia del todo-nada típico del perfeccionismo extremo, en el que de la obligación rígida perfeccionista pasas a la parálisis, la indefensión y la impotencia, precisamente por exigirte tanto. Por eso te sugiero que a los “no puedo” les saques tarjeta amarilla: les damos un toque de atención, pero no los expulsamos:
- Les damos un toque de atención a los “no puedo” porque con frecuencia la idea de tirar la toalla surge como una renuncia por no poder hacerlo perfecto. Renuncio a hacerlo poco a poco porque lo quiero “todo, ya y perfecto”. Y cuando veo que no puedo todo, ya y perfecto (porque soy humana), renuncio diciendo que no puedo o justificándome en excusas que esconden, en realidad, mi miedo al error y a la imperfección. La realidad es que la mayoría de las veces sí que puedes pero imperfecto. Puedes, pero te cuesta. Puedes con errores. Puedes con miedo. Puedes con culpa. Puedes pasándolo mal. Puedes poco a poco. Y si algo no puedes: ¿qué es lo que sí puedes hacer en este momento para cuidarte mejor? Haz lo que puedas en este momento, aunque te parezca poco.
- No expulsamos de nuestro vocabulario los “no puedo” porque a veces es verdad que no podemos: en este momento, no; o no podemos con todo lo que nos hemos propuesto de golpe, y es muy sano darnos cuenta y aceptarlo. Pero quizás no para renunciar, sino para secuenciar (paso a paso).
Recuerda que la filosofía con la que necesitas acompañarte en todo momento es de autocuidado, no de autoexigencia, ya que la autoexigencia es en realidad la base del trastorno alimentario. Es errónea la popular creencia de pensar que si no nos exigimos, no evolucionaremos o creceremos, y que si nos cuidamos, tratándonos con comprensión, nos volveremos “flojos” y no creceremos, porque nos conformaremos con lo que hay. Eso en sí mismo es una creencia muy perfeccionista, que confunde la aceptación con la resignación. Y la evidencia es aplastante en la dirección contraria: realmente desde el autocuidado nos estimulamos a los cambios de forma sana, equilibrada, estable y realista, porque cuenta con aceptación de nuestras limitaciones: emocionales, circunstanciales… No necesariamente para “resignarse” o “paralizarse”, sino para contar con ellas en la planificación del proyecto de cambio. Sin embargo, la autoexigencia feroz a veces busca cambios ideales, poco realistas, y, si los consigue, son cortos, transitorios, bruscos, insanos y poco duraderos, porque no están hechos en coherencia con nuestra naturaleza humana, son artificiales y se evaporan con facilidad o se mantienen de forma rígida con un intenso miedo interno a perderlos y muchos problemas de adaptación a la vida cotidiana, por su escaso realismo.
A menudo, lo importante que conseguimos en nuestra vida no lo obtenemos gracias a la autoexigencia y la autocrítica destructiva, sino a pesar de ellas, aunque nos cuenten lo contrario.
Un aspecto fundamental que olvida con frecuencia la autoexigencia, es que para motivarnos es muy importante reconocernos cada pequeño paso que damos en la dirección deseada. Como un niño que empieza a andar, el refuerzo nos motivará para seguir adelante, mientras que la hiper-exigencia nos desalentará y nos fomentará sentimientos de impotencia. Si lo hacemos desde la rabia (que es la “gran teoría” de los que usan la crítica feroz para “estimular” a las personas), nos sentiremos emocionalmente muy solos, construyendo nuestro cambio sobre una base muy poco sólida, que no incluye nuestras emociones.
Así que ahora pregúntate: ¿qué quieres realmente para ti en tu vida?, ¿qué sientes que necesitas en este momento teniendo eso en cuenta?, ¿qué te cuida?, ¿qué puedes hacer, aquí y ahora, con tus circunstancias del momento, incluyendo tus circunstancias emocionales? Y con todo lo anterior: ¿qué decides?
Te deseo un nuevo diálogo contigo, que te ayude a decisiones conscientes que hagan tu vida más tuya.
Imagen de portada generada por IA.