Uno de mis tropiezos, la anorexia

Escrito por  19 Sep 2017

La verdad que mi vida ha estado llena de tropiezos.

Tropiezos que a día de hoy me han convertido en quien soy. Creo que todos si miramos hacia atrás recordaremos diferentes caídas, unas más grandes y aparatosas que otras, pero todos tenemos alguna. Quizás hay quien mire hacia atrás y aún llore por esos momentos y quizás otros, son capaces de recordar esos tropiezos como capítulos de la vida que vivieron con dolor, pero que dejaron atrás y aprendieron de ellos. Uno de mis tantos tropiezos fue ser víctima de la anorexia.


La verdad que desde muy pequeña no me gustaba mi físico en general. No paraba de compararme con mis amigas más cercanas, a quienes veía con cuerpos estupendos. Siempre he sido baja y la verdad que lo de ser estilizada no era una cualidad que me definiera. En la época de mis 13 años, estaba de moda la delgadez extrema. El cuerpo ideal era estar delgadísima y tener bastante pecho. Para que se hagan una idea, la serie de moda en ese entonces era “Los Vigilantes de la Playa” donde todas las actrices cumplían con esos cánones de belleza, y éramos muchas las niñas que las endiosábamos y las teníamos como referente.


Lo cierto es que nunca tuve sobrepeso. Tenía un cuerpo normal pero nunca estaba conforme con lo que veía en el espejo. Nunca tuve un buen auto-concepto sobre mí. A pesar de la coraza que creé y que me hacía aparentar todo lo contrario, era una persona insegura de mi misma y acomplejada. Muy acomplejada.

 

Lo más curioso de todo es que era una niña que siempre tuvo carácter de líder, sin problemas a la hora de relacionarse con los demás y bastante éxito a la hora de ligar.

 

Lógicamente ahora miro las fotos y no entiendo en que espejo me miraba. Pero bueno, no se trataba del espejo, se trataba de los ojos con los que me miraba.


A los 17 años comenzó mi calvario. Fue entonces cuando me convertí en esclava de mi cuerpo o, más bien, me convertí en presa de una mente enferma. Pensamientos normales tipo “me gustaría adelgazar algún kilo” se convirtieron en pensamientos destructivos cargados de catastrofismo como “si subo un kilo me muero” o “noto que el helado se me fue directamente a las caderas” Elegí la opción mas sencilla y me animé con una de esas dietas express. Conseguí adelgazar dos kilos en 6 días. ¡Me había propuesto algo y lo había conseguido! .Como pocas veces en mi vida, me sentí orgullosa de mi. Pero este, solo fue el comienzo de una auténtica pesadilla.

 

Buscando esa sensación de control, me volví adicta a perder peso. Esperaba algún día mirar al espejo y estar contenta con lo que veía, pero ese día nunca llegó porque la insatisfacción conmigo misma no dependía de bajar o subir unos kilos. La insatisfacción estaba en mi mente. Medía mi felicidad según mi cuerpo. Caí en el círculo vicioso de la anorexia. Cuanto más adelgazaba, más gorda me veía. Una distorsión cognitiva brutal por lo que restringía cada vez más la comida que ingería. Me pregunto cómo mi cuerpo aguantó tanto auto-maltrato ya que, dejé de comer entre semana, haciéndolo únicamente Sábados y Domingos. Esos días devoraba y luego, me provocaba el vómito. A todo esto se le unía un abuso de laxantes y una personalidad obsesiva que buscaba la perfección en todo hasta un punto enfermizo. Recuerdo que, cuando único me encontraba bien era cuando me decían que me encontraban fea de lo delgada que estaba. ¡Que incoherente!


Lógicamente los problemas físicos aparecieron aunque, por suerte y gracias a la pronta detección por parte de mi familia, no fueron tan graves como podían haber sido. Se me cayeron uñas, trozos de muelas, muchísimo pelo, infecciones urinarias, vómitos con sangre, hernia de hiato, depresión y reconozco que muchas veces, mientras cogía el sueño deseaba no despertar. Era una lucha contra mí misma donde, por un lado deseaba salir de ese infierno mental donde me había metido y por otro, el miedo a engordar no me lo permitía.

 

El día que mi familia me “pilló” fue un bombardeo de emociones. Por un lado, sentía rabia porque lógicamente me obligaban a comer y me vigilaban las 24 horas del día. Por otro lado, sentí alivio. Por fin iba a salir de esa pesadilla, aunque tenía una culpa inmensa por haberles destrozado la vida. Mis padres envejecieron por culpa de mi trastorno.

 

Durante una época, tanto mi padre como mi madre no se separaron de mí en ningún momento. Era observada las 24 horas. Cuando iba a clase por parte de los profesores y después de clase, por mis padres. Ambos congelaron sus vidas durante un tiempo por no separarse de mí y evitar que aparecieran recaídas. Hubo muchos cambios en casa. Me acuerdo que después de comer siempre tenía que tumbarme en el sofá (algo que nunca en mi vida había hecho), no podía encerrarme en el baño fuera a hacer lo que fuera a hacer, las cortinas de la ducha se quitaron, todo para controlar que no me provocara el vómito. Me acuerdo que una vez mis padres, que veían que toda esa situación me incomodaba y no me hacía sentir bien, me preguntaron:”¿Podemos darte un voto de confianza?” En ese momento mi trastorno gritaba un “si” gigante, pero la mirada de mis padres, desde el dolor e impotencia, me impresionó e impactó tantísimo que mi respuesta fue: “no, por favor”.

 

Estuve con tratamiento farmacológico y psicológico durante años. Controles analíticos y especialista nutricional. Tuve varias recaídas pero nunca como la primera vez. Siempre coincidía con épocas de mi vida en la que los nervios y la ansiedad era mi más fiel compañera.

 

Hoy en día, me acepto como soy, manejo mi ansiedad y además, he llegado a conocer mis propios límites. Soy una persona que me gusta estar delgada pero con una delgadez saludable no una delgadez enfermiza. Aprendí en su momento que soy muchísimo más que dos piernas y dos brazos y que de hecho prefiero que me definan y recuerden por mi forma de ser y actuar, por mis principios y valores que por los kilos que pueda tener repartidos a lo largo del cuerpo. Pero no nos vamos a engañar. Lo que sentimos cuando nos miramos en el espejo también influye en nuestra autoestima. En mi caso, que me gusta verme delgada, he aprendido a estarlo (con un peso dentro de los parámetros considerados normales según mi estatura) llevando una vida saludable. Introduje el ejercicio y un hábito de alimentación variado y saludable. Ya no miro calorías, no tengo pensamientos obsesivos con la alimentación y no soy estricta con lo que como. Pero sí que tengo que reconocer que no puedo permitirme ciertas actitudes que puede tener una persona que no haya vivido este trastorno. Somos muchas las personas que cuando atraviesan momentos difíciles se les cierra el estómago y comen muy poco. Yo eso no me lo puedo permitir. Adelgazo con mucha facilidad y si bajo de un determinado peso, es increíble como mi pensamiento se dispara. Me empieza a gustar lo que veo en el espejo y caigo en el riesgo de tener una recaída. Conociendo mis límites, he aprendido a tener dormido a mi trastorno, he logrado que mi vida no gire en torno a la alimentación, he cambiado el orden de mis prioridades y sobretodo, me gusta en quien me he convertido y estoy orgullosa de quien soy.

 

He dejado atrás mi pensamiento perfeccionista porque me he dado cuenta que la perfección no existe, y que no hay que ser perfecta sino responsable.

 

He aprendido a vivir con la incertidumbre de la vida y he tirado la toalla en cuanto a tener todo controlado. Menos estrés, menos ansiedad y más satisfacción.

 

Si te sientes identificada/o leyendo este artículo, pide ayuda. No exagero cuando digo que la anorexia puede llegar a ser tan letal como otras enfermedades. No estás loca/o. Solo tienes un problema en donde tu mente te hace actuar de manera irracional pero aunque no lo creas, si hay salida. Eres mucho más que un cuerpo y puedes tener delgadez sin sacrificar tu salud (física y mental). Si se trata de un hijo, sobrino, hermana, que sepas que el apoyo familiar es esencial para el avance en la recuperación de este trastorno. No restes importancia porque si la tiene. No se trata de inmadurez ni falta de cordura. Esa persona no es feliz y la está buscando de manera equivocada.

 

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Tamara de la Rosa

  • Licenciada en Psicología clínica y de la salud. Máster en Psicología Clínica y de la Salud (adultos). Especialista en Psicología Clínica Infantil. Experto en Psicología Deportiva y Motivación. Experto en Coaching y Desarrollo Profesional Estratégico. Experto en Gestión de Aptitud Mental Positiva. Técnico de Intervención con menores/jóvenes en el Ámbito de Protección y de Justicia juvenil.
  • Autora de "Reiníciate, todo empieza por uno mismo"
  • Actualmente trabajando en consulta privada y haciendo terapias online.
  • Colaboro semanalmente en el periódico La Opinión, la revista Más Mujer Canarias escribiendo temas para mejorar y conseguir un adecuado equilibrio emocional. Y con distintas emisoras de radio. 

Twitter: @tamarareinventa

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Web: www.tamaradelarosa.es/es/

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