La cara B de la Navidad

Escrito por  23 Dic 2021

Cómo hacer para que el Grinch de la Navidad no os acabe amargando las fiestas.

La Navidad puede ser un período entrañable del año: en principio es un tiempo tradicionalmente pensado para celebrar la vida y las relaciones, la excusa para reencontrarse y recordarnos la importancia de revisar nuestra escala de valores al terminar el año… Pero como la vida misma también tiene “cara B”, y esta cara B puede hacerse especialmente evidente cuando en nuestra mesa se sienta, junto a uno de nuestros seres queridos, un trastorno alimentario.

 

El trastorno alimentario es ese “grinch” al que nadie ha invitado pero que amenaza con hacerse con todo y robar la navidad. Pero si aprendemos a entender con ternura a ese grinch y escuchar su malestar quizás podamos convivir con él de una forma más llevadera para todos.

 

Obligaciones difíciles

 

Hay algunos aspectos que le pueden hacer muy difícil la Navidad a una persona, especialmente si convive en este momento con un trastorno alimentario:

 

  • La obligación de estar alegres, cuando en realidad las emociones positivas suelen coexistir con otras emociones negativas, máxime si la persona está luchando con un trastorno alimentario. Es importante aceptar cualquier tipo de emociones: la tristeza, la ansiedad, el enfado, forman parte de nuestro sistema emocional básico y de la vida, y si peleamos con ellas sólo conseguiremos que griten más fuerte. Como en un principio de Arquímedes emocional, cuanto más intentas presionar tu emoción hacia dentro para que no salga, más empuja esa emoción hacia fuera…

 

  • La obligación de estar acompañados. Cuando el contacto social es deseado puede ser muy positivo y mitigar la sensación de soledad. Pero cuando el contacto social es obligado, más en un momento en el que la persona tiende al aislamiento, puede ser un trago difícil. Además, debe considerarse la intimidad de ese contacto. Un contacto cálido, cercano, que sabe dónde estoy a nivel emocional, con quien puedo estar en silencio sin recibir reproches, puede servir para calmar el dolor. Pero un contacto con quien tengo que disimular cómo me encuentro, “mantener el tipo”, sonreír cuando no tengo ganas… no es el contacto más recomendable para una persona que se encuentra mal.

 

  • La obligación de comer. No sólo nos juntamos: nos juntamos para comer, y para comer mucho (suelen aumentar la variedad y cantidad según aumenta el número de comensales). Qué buena oportunidad nos dio la covid19 para darnos cuenta de que nos podíamos reunir sin necesidad de quitarnos la mascarilla… pero pronto se nos ha olvidado. En parte es normal: compartir el placer de comer, agasajar con comida, cuidar con comida…son significados culturales que tenemos socialmente muy interiorizados, y no tiene por qué ser malo siempre que mantengamos la flexibilidad y empatía suficiente como para entender que hay personas para las que comer no es un placer, o que el placer puede ser un gran dilema en algunos momentos de la vida de alguien porque una parte suya no le deja disfrutar (por tristeza, por miedo, por significados personales asociados). Respetemos las diferencias. Quizás no es el momento para poner nuevos retos a la persona que tiene un trastorno alimentario. Quizás podemos buscar alternativas a la comida para transmitir nuestro cariño. Quizás no necesitamos la bandeja de turrones permanentemente encima de la mesa. Quizás podemos sustituir esa bandeja por un paseo al aire libre o por juegos de mesa (aprovecho para recordar que existe una enorme y preciosa variedad de juegos cooperativos en vez de los clásicos competitivos).

 

  • La obligación de una imagen impecable. El tema más comentado en redes sociales el 1 de enero no suelen ser los deseos para el nuevo año sino el vestido de una presentadora. Creo que eso ya dice mucho de nuestra sociedad y hacia dónde orienta sus valores y conversaciones. “Ponerse guapo/a” puede ser precioso si aprovechamos la oportunidad para cuidarnos, mimarnos, conectarnos: esa crema que huele tan bien, esa colonia o perfume especial, esa pulsera que te recuerda a tu ser querido ausente, esa prenda con ese color o esa textura que te gusta tanto pero que no te sueles poner porque es un tejido más “delicado”… En fin, la estética puede ser algo que se disfrute a nivel sensorial y, siendo así, es genial. Pero si la estética se sufre algo está fallando. Si la estética se centra en un marco externo (cómo me ven desde fuera) en vez de un marco interno (cómo me siento yo con esto que me pongo) algo no marcha. Si nos dedicamos a comentar el cuerpo de los demás como si fuera un objeto separado de sus emociones, nos estamos deshumanizando. Así que, si hacemos un comentario sobre la imagen del otro, por favor que ese comentario esté conectado a nivel emocional y a ser posible desconectado de la silueta corporal. Un “truco” que yo sugiero es que el comentario estético que hagas lo pudieras hacer igual si la persona pesara 10 kg más o 10 kg menos: qué brillo tienes en los ojos, qué bien te queda ese color. Pero sobre todo que refleje tu interés en esa persona y sus emociones, en cómo se siente. Y si no tienes interés genuino en esa persona, ¿para qué cosificarla? Pasa a temas más interesantes. El hábito de hablar sobre las siluetas corporales propias o ajenas se ha demostrado un factor predisponente de alteraciones de la imagen corporal y alimentarias. Es decir, que no aporta nada y sí puede hacer daño y destruir. Pensemos antes de hablar del cuerpo de los otros.

 

  • La obligación de tener un proyecto. El fin de año es el momento en el que, como Mr Scrooge en el cuento de Navidad de Charles Dickens, cada cual puede mirar hacia atrás (“¡un año más!”), contrastarlo con su presente y mirar hacia el futuro. Esto en momentos de crisis, cuando uno siente que al revisar el pasado salen más pérdidas que ganancias en el balance actual, puede ser muy duro. Cuando asusta mirar hacia delante porque nada se ve claro puede ser muy angustioso. Pero esta sociedad suele tolerar poco las ambivalencias, los conflictos, las dudas: nos fuerza a ser claros, pisar fuerte todo el tiempo, “tener un objetivo”. Necesitamos salirnos de esa norma social y aceptar los momentos de crisis como parte inherente a la vida.

 

Las semillas tienen que pasar mucho tiempo en silencio, entre el barro y el estiércol, antes de salir a la luz como plantas.

 

¿Por qué en nuestra propia naturaleza no nos aceptamos esos tiempos? Tranquilizarnos, o tranquilizar a nuestro ser querido respecto a las exigencias y los tiempos, es quizás uno de los mejores regalos que nos podemos hacer esta navidad.

 

Sobrevivir a las obligaciones sociales

 

En general, si el Grinch ha venido a vernos estas navidades, vamos a necesitar nuestro espíritu crítico para salirnos de todas estas obligaciones sociales (ese “marco externo”) y nuestro espíritu conciliador y creativo para, conectando con las necesidades internas de cada miembro de la familia, construir alternativas que puedan reconciliar las diferentes necesidades en la medida de lo posible. Algunas recomendaciones generales serían:

 

  • No evitar el tema: sentarse a hablar anticipadamente de los miedos, deseos y preferencias de cada miembro de la familia nuclear. El Grinch (o sea, el trastorno alimentario) también se sienta y también le escuchamos. Pero escuchar no significa hacer siempre lo que diga: habrá que negociar o buscar soluciones creativas. En esa búsqueda de soluciones hay que ser realistas (por ejemplo, cuantas más personas en una reunión, más incontrolables van a ser los comentarios, y podemos prepararnos estratégica o interiormente para ellos en vez de evitar la situación).

 

  • Combinar socialización con intimidad. Quizás no es el mejor momento para reuniones de 20 personas, ni por covid ni por el trastorno alimentario.

 

  • Buscar un término medio en las comidas: ni comprar un exceso que pueda ser agobiante ni evitar cualquier alimento “por no hacer sufrir”.

 

  • Recordar que la compañía en las comidas es compañía, no vigilancia. De los síntomas no se habla en la mesa, se habla antes o después y preferentemente en contexto terapéutico, o por lo menos tranquilo, pero no durante la comida.

 

  • Intentar pensar, y hablar desde un “marco interno”: con la comida, centrarnos en las sensaciones que nos produce (lo rica que está, lo exótico que me resulta, etc) y no en el marco externo (las calorías, azúcares, grasas, etc); en la imagen, centrarnos en las sensaciones que nos produce (me encanta ese color, esa textura, ese diseño) y no en el marco externo (la silueta según el ideal estético que nos han forjado socialmente). Esto se nos puede hacer muy difícil porque vivimos rodeados de la cultura de la dieta, que tan interiorizada tenemos: normalizamos comentarios sobre “lo que engordan” los alimentos, normalizamos conductas compensatorias como si tuviéramos que pagar el placer... Frente a eso, recuerda que los hábitos saludables son precisamente hábitos y no rigideces: permítete flexibilidad dentro de la estabilidad.

 

  • Si los reyes magos van a traer ropa y coincide con un momento crítico con el trastorno alimentario (sintomatología muy agudizada), es recomendable intentar comprar ropa más flexible, elástica, cómoda (por ejemplo unas mallas en vez de un vaquero clásico rígido), en la que se detecten menos las subidas y bajadas de peso: por economía, por ecología, y por bienestar personal. Si algún familiar suele pedir ropa para tu familiar afectado, decirle que, por este año, es mejor no hacerlo, y que es preferible complementos u otro regalo que no esté relacionado con la imagen corporal.

 

  • Si eres tú quien padece el trastorno alimentario, recuerda que el autocuidado es la base de una sana autoimagen, lo que implica escuchar tus sensaciones y emociones, y, desde ahí, encontrar cómo quieres vestirte. Recuerda: de dentro hacia fuera, no imponiendo lo de fuera a tu interior.

 

  • En fechas claves usa ropa cómoda que te permita tolerar momentos de verte o sentirte hinchada, de estar mucho tiempo sentada, de salir con amigos y sentirte observada.

 

  • Tolerar las llamadas “emociones negativas” (tristeza, angustia, enfado…) como algo normal de nuestra existencia, que puede escucharse, que puede pasarse, a lo que puede sobrevivirse, e incluso gracias a lo cual puede crecerse. Por lo mismo, tolerar el conflicto como algo normal de las relaciones humanas, que puede darse, hablarse, aceptarse, aprender de ello.

 

  • Tener cuidado con el pensamiento todo/nada, tanto al valorarse a sí misma/o como a los seres queridos. Es tiempo de amor y paz, ¿qué tal practicarlo también con uno mismo? Quizás el mejor regalo sea tratarse con mimo, con calidez, con perdón y con empatía, reconocerse el sufrimiento y los esfuerzos del pasado año, mantener la esperanza y la confianza en los nuevos aprendizajes y crecimientos que traerá el nuevo año. Yo os los deseo de corazón.

 

 Imagen de portada de Aria Patisserie.

 

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Laura Hernangómez

Psicóloga clínica. Unidad de trastornos alimentarios de Hospital Virgen de la Salud de Toledo.

Psicoterapeuta acreditada por la Asociación Española de Psicoterapias Cognitivas (ASEPCO).

Doctora por la Universidad Complutense de Madrid. He presentado diferentes publicaciones de carácter nacional e internacional, incluyendo el libro de divulgación ¿Por qué estoy triste? Guía para afrontar la depresión (Editorial Aljibe). Colaboro en la revisión de artículos de revistas científicas en el ámbito de la Psicología Clínica.

Además de la práctica clínica y la investigación, siempre me ha apasionado la docencia; recuerdo con mucho cariño mis años como Profesora Asociada en la Universidad Complutense y como preparadora de opositores al examen PIR en el Centro Documentación de Estudios y Oposiciones (CEDE).

Twitter: @LauraHgzCriado Instagram: @laurahgzcriado

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