Jamás olvidaré aquel día en el que volví a verte de nuevo: esa extraña, pero a la vez tranquila sensación de volver a tenerte frente a mí. Cara a cara.

No sé exactamente cuánto tiempo había pasado desde la última vez que te vi. Mucho, supongo. Ni siquiera recuerdo, cuando fue la última vez que nos hicimos una foto juntos. Fíjate ¡ahora lo pienso y no me lo creo!.

 

Sin embargo, estabas ahí, frente a mí y al principio, me costó reconocerte. El de siempre, pero con un rostro diferente. Sereno, en paz. Ahora feliz. Y digo ahora, porque lo de antaño era tan solo una máscara. Una impuesta felicidad encerada que tenías que fingir porque ese era el papel que todos esperaban de ti: el “gordito feliz” como solían llamarte en la familia. Sí, feliz por fuera, triste por dentro porque desde pequeño, te enseñaron que eras un hombre y que “los hombres no lloran”.

 

Así fue como, poco a poco, iniciaste una procesión que silenciosamente, solo tú llevabas por dentro. Convivías, además, codo a codo con el “si sigues poniéndote así, no va a quererte nadie” o el “está así porque quiere, que coma menos y se mueva más” aprendiendo de manera paradójica que la comida, era tu única vía de escape, tu refugio, la única fuente de disfrute en tu día a día. Tu única herramienta para calmar esas emociones que quemaban por dentro. Porque nadie sabía lo que escondía tu falsa coraza.

 

Recuerdo aquel día en el que tu madre decidió por ti, que tenías que “ponerte a dieta”. Eras a penas un adolescente, y lo cierto, es que no entendías el porqué de ese castigo (sé que lo viviste así, no era para menos). Al principio todo iba muy bien y todos reforzaban tu rápida pérdida de peso, entonces claro, aprendiste que así te prestaban más atención y recibías muchas más muestras de cariño así que, te esforzabas al máximo cada día. Sin embargo, la cosa empezó a flaquear y aquel entorno de ensueño, volvía a esfumarse como si de un sueño se tratara.

 

Emprendiste así el camino hacia una larga peregrinación de “dietas fracasadas” que ibas cargando a tus espaldas. Vinieron los atracones, la ansiedad por la comida, el comer a escondidas porque te daba vergüenza que te vieran ya que los ibas a decepcionar (una vez más). Siempre te exigías más y más, aunque en el fondo, terminabas pensando que no era para tanto. Total, era lo que esperaban de ti: “a ver lo que dura con esta dieta”. Y en esas ocasiones tú, volvías a no entender nada.

 

Eras una persona con fuerza de voluntad. En los estudios, en tus responsabilidades, en casi todo en tu vida y, sin embargo, cuando se trataba de la comida, tu fuerza de voluntad se esfumaba en cuestión de algunos días. Cuanta impotencia sentías y que poco te comprendían. Acostumbraban a compararte con el hijo de tu vecina, con Pablito el pichichi de tu clase, con Lucas “que fíjate lo delgado que está” o incluso con tu hermano “deberías parecerte a él y no comer tanto”, ¿Cómo no ibas a terminar por odiarte, si los mensajes que recibías te hacían pensar que eras un ser detestable?.

 

Iniciaste un monólogo repleto de dardos venenosos que lanzabas contra ti sin compasión alguna “eres un desastre”, “no lo conseguirás nunca, ¿para qué esforzarte?” “Nadie te va a querer, acéptalo ya, eres amorfo y repugnante”. Sentías culpa, vergüenza, frustración e incluso asco de ti mismo. Sentimientos que, a la vez, apaciguabas con comida. Ya todo daba igual. Y tú sin poder decir nada, porque esos problemas, además, parecían tenerlo solo las chicas.

 

Estabas harto de todo. Eran tantas y tan grandes estas sensaciones, llegaron a pesar tanto sobre ti, que un día decidiste que nunca más volveríamos a vernos. Ni de frente, ni en fotos. Desapareciste del mapa. Te borraste de las redes sociales, se acabaron los eventos familiares. Te aislaste evitando así, hacer frente a una realidad con la que tarde o temprano te encontrarías de nuevo. Detestabas palabras como peso, dieta, kilos, báscula, ejercicio o cualquier palabra que te recordara aquello que, según tú y todos, eras: un gordo. Pero tú no eras un gordo, tú estabas gordo.

 

Aprendiste eso el día en el que, por casualidad, mientras veías videos en YouTube, te llamó la atención una palabra que nunca antes, habías visto o escuchado: Psiconutrición. En el video aparecían dos chicas: una dietista nutricionista y una psicóloga sanitaria donde explicaban que la Psiconutrición era un nuevo abordaje interdisciplinar de las dificultades en la pérdida de peso o de la relación con la alimentación en la que la que la persona, era considerada como un todo y no como un mero ser aislado que “tiene que comer menos y moverse más”.

 

Tanta fue la curiosidad que se despertó en ti, que seguiste visitando todos los videos que había en su canal y, aunque era cierto que te mostrabas reticente a acudir a otra consulta más, que te veías sin fuerza para iniciar otro proceso de “castigo” y que te negabas a volver a ser el punto de mira por si lo conseguías o no, observaste que hablaban de un enfoque totalmente diferente. Nada de hacer dieta, mucho de aprender a comer. Nada de prisas o de importancia al peso. Nada de restricciones, de alimentos prohibidos que lo único que conseguían, era hacerte sentir más ansiedad por comerlos. Nada de dietas hipocalóricas y pasar hambre. Nada de evitar salir y mucho de aprender a hacer frente a los eventos sociales. Y, sobre todo, mucho de aprender a escucharte, quererte, cuidarte y respetarte.

 

Aquella misma tarde tomaste la decisión más importante de tu vida iniciando así un nuevo proceso de cambio en el que el primer día, te dijeron que no sería sencillo, que duraría meses, que habría recaídas, pero también que, desde ese mismo instante, habías pasado a formar parte de un equipo que te iba a ir acompañando y guiando en el camino. No estabas solo y, por primera vez, así lo sentiste. Tus ojos se empañaron en lágrimas y por fin, pudiste derramarlas con total libertad, sin miedo a ser juzgado, sin temor a ser reprochado por no ser un hombre.

 

Pasaban las semanas y te sorprendías a ti mismo disfrutando del proceso de cuidarte. Conociste la realidad de una alimentación saludable y no el humo que siempre te habían vendido, desterraste mitos, descubriste alimentos nuevos e incluso ¡te atreviste a cocinar y descubriste que te encantaba!. Aprendiste a hacer elecciones saludables fuera de casa, y para ello tuviste que “fallar” de vez en cuando. Seguro que, en esas ocasiones, dudabas si ir o no a las citas. Normal, tantas veces te habían “reñido” por no hacerlo bien, que te planteabas si volver a pasar por momentos tan desagradables. Pero hasta en eso, eran diferente.

 

Más de una vez, te incidieron en que, pasara lo que pasara, no dejaras de ir a las citas ya que, si algo no iba bien y no lo contabas, jamás podríais buscar alternativas o estrategias para hacer frente la próxima vez. Así que, aunque te lo pensabas dos veces al principio, siempre terminabas yendo. Cuanta paz sentías al salir.

 

Aprendiste a comer de manera consciente en lugar de hacerlo desconectado de ti y conectado con tus preocupaciones y problemas; aprendiste a escucharte, a identificar tus señales de hambre y saciedad. Aprendiste a identificar tus estados y emociones, a prestarles atención, a expresarlos libremente y a gestionarlos.

 

Entendiste que no eras un gordo, sino que estabas gordo, que no era más que un adjetivo. Y que, no era porque tuvieras que comer menos o moverte más, sino porque existían un sinfín de factores que habían hecho que, a día de hoy, tú estuvieras así. Por fin te liberaste de esa culpa, por fin entendiste que no se trataba solo de tu fuerza de voluntad ¿quién iba a tenerla en una situación de presión como la tuya, quién la tendría con esas comidas tan aburridas, monótonas o repetitivas con las que siempre te quedabas con hambre?

 

Te enseñaron a diferenciar entre muchos tipos de hambre: real, emocional, visual, bucal, olfativa… o más bien, entre diferentes formas en las que podía aparecer desencadenarse el hambre. Te ofrecieron diferentes estrategias para gestionar las dificultades que iban apareciendo para que fueras tú quien eligiera la que mejor se adaptaba a ti, a tu forma de ser, a tus gustos y a tus circunstancias.

 

Aprendiste que el peso que tenías que perder, no era solo el de los kilos (por salud, que no por estética) sino, también, todo ese lastre emocional que habías ido acumulando a tus espaldas.

 

Por fin tu éxito, dejó de marcarlo exclusivamente los números de una báscula (ese aparato que, según el día, te daba los buenos días o hacía que el día fuera una mierda); por fin, entendiste que eran tus cambios, eran tus logros y tus logros los que realmente te definían y hablaban de ti. No tu peso o tu imagen corporal. Por fin, diste el paso más importante: empezar a aceptarte tal y como eres, y a quererte por lo que eres, no por cómo estás.

 

Y, por fin, llegó ese día tan esperado. Ese día en el que accediste a que nos viéramos de nuevo, aunque eso supusiera, enfrentarte a tus peores fantasmas del pasado. Estabas lleno de miedo(s) pero recordaste que esas voces que tanto te machacaban habían sido sustituidas por otras más benévolas y realistas. Tras muchos meses de espera, te sentías preparado para el reencuentro.

 

Querido cuerpo, jamás olvidaré aquel día en el que volví a verte, después de tantísimo tiempo, en un espejo: esa extraña, pero a la vez tranquila sensación de volver a tenerte frente, sintiendo que eres parte de mí y no como algo ajeno o un castigo impuesto que me había tocado sufrir. Ahora te miro, y no logro comprender tanto odio hacia ti, si tú no tenías culpa de nada. Ahora, te miro y no logro entender tantos defectos que en algún momento veía en ti y mi incesante empeño en querer estar “arreglándote” siempre. ¡Ni que fueras una máquina que se estropea cada dos por tres, cuando lo que tenía que arreglar era mi relación contigo! Ahora me pareces bello, con tus más y tus menos, con una larga historia que contar que ahora entiendo y gracias a ello, ahora te acepto tal y como eres, y eso es maravilloso.

 

En ese mismo instante, en medio un enorme huracán de sensaciones y emociones, saqué mi teléfono móvil, apunté al espejo e inmortalicé aquella escena tan emotiva. Ni siquiera recordaba, cuando fue la última vez que nos hicimos una foto juntos. ¡Fíjate, ahora lo pienso y no me lo creo!.

 

Y, mientras poníamos rumbo a la primera comida familiar de nuestra nueva vida juntos, subía esa foto a nuestra nueva cuenta de Instagram escribiendo esto al pie de la misma: “a partir de hoy, prometo cuidarte(me), respetarte(me) y amarte(me) todos los días de nuestra vida”.

 

Este relato fue una propuesta realizada al III Concurso de relatos "imagen y salud" de los colegios profesionales de psicología de Andalucía, actividad en apoyo a la iniciativa "Imagen y salud" de la Consejería de Salud y Familias. 

 

Imagen de portada de Fares Hamouche en unsplash.

 

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Cristina Ortiz

Soy Cristina Ortiz, graduada en Psicología. Máster en Psicología General Sanitaria, Máster en Psicología del Deporte y la Actividad Física, curso de experto en TCA y psiconutrición y con formación en Psicología Clínica.
Durante varios años, he formado parte del grupo de investigación de Psicología del Deporte y la Salud en la Universidad de Huelva. Actualmente, soy componente del grupo de trabajo de Psicología Cognitivo Conductual del Colegio Oficial de Psicólogos de Huelva y del Equipo de Salud Integrativa.
Actualmente, trabajo para la Clínica Cuidados en Huelva y para La Habitación Saludable en Sevilla. 
Instagram: crisortiz_psico

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