¿Cómo hago para que mi hija/o reconozca que tiene un TCA?

Escrito por  08 Sep 2021

Esta es la pregunta del millón en infinidad de casos junto a la de: “¿Cómo hago para que mi hija o hijo vaya a terapia?”

La ausencia de conciencia de enfermedad, presente al inicio del trastorno, y que puede prolongarse por mucho tiempo, es quizás la característica que más desconcierto y desazón generan en la familia y los allegados de la persona afectada, que ven como todos sus intentos por “hacer entrar en razón” a su ser querido, se estrellan una y otra vez contra un infranqueable muro que deteriora cada día la comunicación, y aleja a todo aquel que pretenda ayudar a alguien que pareciera que se está destruyendo “por voluntad propia”.

 

No es de extrañar que esta actitud, aparentemente irracional, genere tanta ansiedad y frustración, aunque debemos recordar que este fenómeno no es exclusivo de personas con un Trastorno Alimentario. Aparte de otras alteraciones psicológicas en las que podemos verlo presente, ninguno de nosotros nos encontramos libres de cegarnos ante nuestros propios errores, de no reconocer nuestras faltas, o de negar que nos hemos equivocado. Siendo honestos, nadie puede decir que no reconoce haber caído en este error en algún momento.

 

Esta posición psicológica de negación se convierte así en un síntoma que, de alguna forma, es un intento de afrontar una realidad que supera a la persona afectada. Sin embargo, ver esta actitud cuando resultan tan evidentes el daño y el peligro de los comportamientos de la persona afectada, hace que la incomprensión y la frustración alcancen niveles insospechados.

 

En estas circunstancias es habitual que las familias acudan a los profesionales con la necesidad de que alguien les diga cómo pueden “convencer” a su ser querido de que está enfermo y de que tiene que cambiar. Cuando los familiares llegan a este punto han agotado ya todos los recursos imaginables para conseguirlo; persuasión, razonar, discutir, amenazar, obligar, incluso el chantaje, sin ningún resultado. Pero la verdad es que quedan más opciones que poner a prueba.

 

Sin embargo, para ello es necesario dar un giro total, y a veces contraintuitivo, a la comunicación y a la forma de acercarse al problema y, sobre todo, entender unos puntos cruciales de lo que está ocurriendo.

 

Mantener la comunicación como objetivo

 

En primer lugar, es necesario entender que la negación es parte inherente a la patología y no un capricho, un “encabezonamiento” o una muestra de rebeldía insana, ni por supuesto un ataque personal contra nadie. En segundo lugar, aunque cueste entenderlo, que lo que la persona afectada está defendiendo a ultranza, es algo más profundo e importante que su forma de comer. Y, en tercer lugar, que cuanto más discutimos con ella sobre la comida o su cuerpo, más alimentamos a la enfermedad y más nos alejamos de la persona que está sufriendo.

 

Es por ello por lo que la estrategia debe cambiar radicalmente y adoptar un enfoque diferente, para el que se pueden tomar estos puntos de partida.

Lo primordial es mantener la comunicación. A toda costa.

Por encima de cualquier cosa, la persona afectada necesita hablar, no que le digan lo que hace mal. Y para hablar de lo que le ocurre, necesita sentirse segura.

 

“Cuando dentro de la vida familiar alguno de los miembros sufre un trastorno de la alimentación, la comunicación suele volverse tensa. Las conversaciones se van al traste debido a que la seguridad en sí mismo de la persona que tiene un trastorno de alimentación ha tocado fondo, lo que conduce a entender de una forma distorsionada lo que queremos decir: pretendemos demostrar interés, y entienden que les estamos criticando; pretendemos demostrar preocupación y afecto, y entienden que nos estamos entrometiendo”. (Treasure, Smith y Crane, 2011).

 

Además de su lucha con la comida, a ella le están ocurriendo muchas cosas que, probablemente, no encuentra cómo decir. Al hablar con ella, hagámoslo sobre sus deseos, sus expectativas, sus miedos, sobre cómo se relaciona con los demás, sobre su confianza en ella misma, sobre la exigencia que se impone a sí misma en todo lo que hace, sobre cómo ve su futuro o de hasta qué punto le preocupa lo que los demás opinen de ella. Si le atemoriza hacer o decir algo que aleje a los demás. Qué significa fracasar para ella. Y todo esto requiere de algo crucial. Escuchar. Escuchar sin juicio, sin valoraciones, sin un “deberías hacer tal o cual”. No aún.

 

La comida no es lo más importante (aunque no lo parezca)

 

Aunque asuste, aunque sea preocupante y resulte incomprensible, la comida es una parte de lo que le ocurre y una señal de lo que está pasando en su interior. Hay que profundizar. Si se siente culpable cuando come, la cuestión no es la comida sino la culpa. Si se ve gorda y horrible cuando se mira en un espejo, no es una imagen confundida, es un sentimiento sobre ella misma que le avergüenza compartir. Si se siente un fracaso cuando no cumple sus metas, da igual la meta o el resultado; el problema es el sentimiento de fracaso tan profundo que la inunda, usualmente debido a metas y expectativas demasiado altas e irreales. Lo que siente con la comida es lo que siente en su relación con el mundo, y es ahí, en cómo se siente consigo misma, en donde necesita comprender lo que le está ocurriendo y la comprensión de los demás. Por supuesto, la frase “no debes sentirte así” debe quedar desterrada porque esos sentimientos pueden ser desadaptativos o no coherentes vistos desde fuera, pero son tan válidos como los de cualquiera.

 

“Lo que sí sabemos es que un trastorno de la alimentación no es solamente un problema relacionado con la alimentación y la comida. Incluye otras cuestiones más profundas relativas a la identidad, las emociones, las creencias y los valores” (Treasure, Smith y Crane, 2011).

 

Si le damos tiempo a hablar, comprobaremos que esos sentimientos e ideas sobre si misma ya estaban gestándose, ocultos para el resto, antes de que se alterara la relación con la comida.

 

Todos necesitamos ayuda

 

“La experiencia de cuidar a una persona con una enfermedad grave y prolongada puede tener efectos muy negativos sobre la salud, tanto física como psíquica, en las personas que adquieren el rol de cuidador” (Berbel et al., 2010).

 

La familia necesita guía y orientación para afrontar la situación, y el sitio adecuado es con un profesional. Mientras la persona afectada da el paso, es mucho lo que su entorno puede hacer para facilitar que eso ocurra.

 

La mejor forma de que alguien confíe en un camino que no conoce es dar ejemplo y empezar a recorrerlo. Ser un modelo. Si pretendemos que vaya a ver a un desconocido para confiarle sus vulnerabilidades deberíamos mostrarle en primer lugar que somos capaces de hacerlo. Si le vamos a pedir que haga cambios que le van a suponer un enorme sacrificio, debemos demostrarle que no estará sola y que los demás nos comprometemos a hacer un esfuerzo. Lo contrario resulta injusto.

 

Respecto a si decirle o no que vamos a ir a ver a un profesional, por supuesto que sí, pero no en la forma “vamos a ver a un psicólogo por tu problema” si no, “vamos a ir a un psicólogo porque no sabemos cómo comunicarnos contigo. Sentimos que no dejamos de meter la pata y necesitamos ayuda. Si quieres venir estás invitada. Si no quieres, iremos igualmente.”

 

Si queremos cambiar el comportamiento de otra persona, suele resultar mucho más útil cambiar nuestro propio comportamiento que intentar convencer o incluso obligar al otro.

 

Estas actitudes son solo tres herramientas que pueden ayudar en este momento de la enfermedad. No son trucos, ni son artimañas para convencerla o engañarla. Son cambios necesarios que deben ser asumidos por el entorno y mantenerse para llegar a formar parte de la interacción familiar. Una vez más, si la familia no encuentra la forma de hacerlo, debe consultar con un profesional.

 

Por último, hay que recordar dos asuntos de suma importancia. Que los cuidadores no deben olvidar el autocuidado. Si no estamos en condiciones no podremos ayudar en condiciones. Y lo más importante, que la familia es nuestro principal apoyo y que es una parte vital y necesaria en el proceso de recuperación.

 

NOTA IMPORTANTE: desviar la atención de la comida no implica ponerse una venda o negar los riesgos. No discutir por lo que come o no come, significa no estar de acuerdo con lo que está haciendo a la vez que estar completamente dispuesto a entender los motivos de por qué lo necesita hacer.

 

Estos cambios en la comunicación pueden requerir un tiempo para que surtan efecto y deben ser acompañados del asesoramiento de un profesional especializado.

 

Todas las decisiones estarán siempre supeditadas al estado físico y nutricional de la persona afectada. En caso de riesgo severo, será necesario tomar medidas drásticas, siempre acordadas con un profesional.

 

Bibliografía

 

- Berbel, E., Sepúlveda, A.R., Graell, M., Andrés, P., Carrobles, J.A. y Morandé, G. (2010). Valoración del estado de salud y psicopatología de los familiares en el trastorno del comportamiento alimentario: Diferencias entre cuidadores primarios y secundarios. Revista de Psicopatología y Psicología Clínica. 15 (3), 179-192.

 

- Treasure, J., Smith, G. y Crane, A. (2011). Los Trastornos de la Alimentación: Guía practica para cuidar de un ser querido. Desclée De Brouwer, Bilbao.

 

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Enrique Berbel

Doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, he colaborado por más de 20 años con la asociación ADANER coordinando grupos de apoyo para familias y afectadas. He realizado publicaciones y participado en congresos sobre trastornos alimentarios y ejerzo la práctica privada desde hace mas de 15 años. Actualmente compagino la consulta con mi otra vocación, que es la docencia, como profesor asociado de la Universidad Complutense de Madrid y en el Máster de Psicología General Sanitaria de la Universidad Nebrija.

Twitter: @Kim_de_la_india

Sitio Web: www.enriqueberbel.com
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