Me gusta pensar que las personas nacemos siendo orugas hasta que llega un momento en el que formamos nuestro capullo y nos encerramos en él, nutriéndonos y enriqueciéndonos hasta poder salir convertidos en bonitas mariposas.

Y es como mariposas que podemos mirar atrás en el tiempo y aprender y aceptar nuestro pasado, nuestro presente y mirar con ganas al futuro.

 

Por ello, ahora después de 12 años puedo mirar a mi yo del pasado y aceptar que un trastorno de la conducta alimentaria fuera mi capullo.

 

No es fácil, para nadie lo es. A mí me ha llevado muchos años y muchas sesiones con mi psicóloga. He tenido que hacer un trabajo duro de introspección, donde han caído lágrimas y no ha faltado las ganas de rendirse. Pero es gracias a eso que puedo estar aquí escribiendo estas líneas con la única y sincera intención de poder ayudar y transmitir esperanza y paz a personas que estén pasando por lo mismo.

 

Lo que más recuerdo del inicio de mi trastorno es la sensación de desesperanza y de soledad. Me acuerdo de que pensaba que nadie me entendería ni sabría por lo que estaba pasando. Quería gritar al mundo mi dolor, el agobio que sentía, pero sobre todo, quería huir de mí misma. Cuanto me hubiera gustado tener a mi alcance recursos como este, donde haya testimonios de personas que han pasado por lo mismo o son profesionales y aportan luz, paz y compañía al lector.

 

Jamás hubiera imaginado que saldría de ello más fortalecida, y que a pesar del sufrimiento y de todas las caídas saldría agradecida por todo lo que me ha dado.

 

He descubierto que el equilibrio está en la flexibilidad, que hacer ejercicio puede ser divertido cuando tu objetivo no es adelgazar, que la comida sabe mejor en compañía y cuando no hay restricciones, que pasar tiempo con mis seres queridos es un tesoro que hay que cuidar y aprovechar.

 

He aprendido, también, que el “tengo que”, “debo”, “necesito”, despiertan las prisas y la frustración, pero que los “ojalá” “me gustaría” “mi intención es” te ofrecen apoyo y espacio para aprender, crecer y continuar por tu camino.

 

Espero que los siguientes recursos que he ido aprendiendo te ayuden en tu proceso y puedas fomentar un diálogo más sano contigo misma.

 

Pon en duda

 

La voz del trastorno suena tan convincente que no deja pie a dudar de ella. Su tono crítico y confiado influye en nosotros, haciéndonos creer ciegamente que no hay nada que la rebata y pueda poner en tela de juicio lo que nos dice. Se cree la dueña de nosotros, sabedora que acataremos sus órdenes pues no veremos otra opción. Ignoramos que existe esa otra voz bondadosa, compasiva, respetuosa y llena de amor que puede darnos paz y abrir otro camino para nosotros. Pero ¿cómo vamos a escucharla si durante años nos hemos encargado de silenciarla y abandonarla en algún rincón de nuestra mente?

 

Ahora que sabemos de su existencia te invito a que llames a esa voz compasiva y bondadosa, le quites el polvo acumulado hasta ahora y con esfuerzo y practica la vayas fortaleciendo y alimentando. ¿Cómo hacerlo? Para empezar, a partir de ahora, cuando escuches en tu mente frases del trastorno como “Vas a engordar”, “No comas tanto”, “Si es que no tienes remedio”, “Así no te van a querer”; te preguntes cuánto de real tiene ese pensamiento. ¿Es tu cuerpo el motivo real por el que la gente te valora? ¿Tan malo es lo que has hecho para ser un caso perdido? ¿Acaso no eres un ser humano como otro cualquiera y mereces el mismo respeto y amor que otros?

 

El mejor momento para empezar a practicar este ejercicio hasta que ya lo tengas interiorizado es aquel en el que te sientas tranquila y puedas poner en duda a tu voz del trastorno desde el corazón y la voz sana. Por ello puedes ir apuntando en notas de tu móvil o en una libreta los pensamientos que luego podrás cuestionar.

 

Carta para emergencias y no emergencias

 

Te invito a recuperar la costumbre de escribir sobre ti misma. Puedes utilizar un folio en blanco, un cuaderno, un diario, o las notas del móvil, lo que te venga mejor. Se trata de escribir desde tu yo compasivo, bondadoso y que quiere sanar a tu yo enfermo, crítico, ansioso y cegado por el trastorno. ¿Qué le dirías a un amigo si estuviera pasando por lo mismo que tú? ¿Qué palabras usarías? ¿Cuál es el mensaje que querrías transmitirle? ¿Qué te gustaría escuchar en esos momentos en los que es tan difícil ignorar la voz del trastorno? Tal vez quieras contarle algún recuerdo bonito que os haga sonreír y sentir amor. Quizás quieras describirle alguna meditación para que la haga en el momento o recordarle con compasión todas esas intenciones y valores que habéis ido desarrollando para que sepa que no está sola y que siempre hay un faro iluminando la oscuridad para no perderse.

 

Imagen de Geralt en Pixabay.

 

e-max.it: your social media marketing partner
Sandra Fernández López de Aguileta

Tengo 27 años. A los 22 me gradué en ADE y desde entonces he ido dedicándome a diferentes puestos relacionados con ello. Sin embargo, mi verdadera pasión es la psicología y por eso, nada más graduarme de ADE, tomé la decisión de que no iba a quedarme con esa espina clavada. Me matriculé en el grado de psicología de la UNED y ahí estoy, estudiando mientras trabajo. Y aunque es frustrante a veces, es importante trabajar para conseguir aquello que uno quiere. 

Más en esta categoría: « Un nuevo amanecer

Colaboradores

Adetaex               logo-final.jpg

 

Utilizamos cookies propias y de terceros para el correcto funcionamiento y visualización de nuestra página web, mejorar nuestros servicios y facilitar su acceso. Al pulsar Acepto consiente dichas cookies. Puede obtener más información sobre la política de cookies, o bien conocer cómo cambiar la configuración, pulsando en el botón de Más información. [ Más información ]