Lorena tiene 29 años y trabaja como entrenadora personal. Siempre se sintió como si su cuerpo tuviera que ser su carta de presentación. ¿Quién confiará en mi si no estoy perfecta? Tengo que encajar en el sector o me moriré de hambre. Llegó a reconocerme en su día.
Sus clientes confían en ella, su perfil en redes sociales muestra rutinas impecables, platos equilibrados -muchos- y un físico que, según le dicen, “inspira”.
Lo que nadie ve es que, desde hace meses, entrena dos veces al día incluso cuando su cuerpo pide descanso. Evita comer con otras personas “para no dejar de cuidarse” y modifica sus macros cada vez que nota un mínimo cambio en su composición corporal. Si un día siente que ha comido más de lo que toca, ajusta el volumen de entrenamiento del siguiente.
Su caso —que podría ser el de muchos entrenadores y profesionales del fitness— ilustra con precisión la conclusión principal de la revisión sistemática de Carroll et al. (2025): la prevalencia de TCA en este colectivo es significativa y está infradetectada.
La normalización de prácticas extremas en el fitness dificulta la detección temprana de TCA. En el imaginario colectivo, quienes trabajamos en el mundo del fitness vivimos rodeados de salud, hábitos perfectos, relaciones equilibradas con la comida y el ejercicio. Pero la realidad es mucho más compleja. Un estudio reciente (Carroll et al., 2025) ha puesto sobre la mesa una verdad incómoda: los profesionales del fitness presentan tasas sorprendentemente altas de trastornos alimentarios. Es cierto, quienes enseñan a entrenar también pueden estar luchando por dentro.
Presión estética: un riesgo profesional
Lo que se aplaude en el gimnasio o en las redes sociales a veces es lo mismo que preocupa en consulta a un terapeuta. El estudio analizó más de 3.000 profesionales del ejercicio y encontró niveles elevados de conductas de riesgo: restricción, compensación, miedo a ganar peso, obsesión por “comer healthy”, ejercicio compulsivo… ¿Por qué ocurre? Parte de la causa está en la propia industria, la presión estética no es solo cultural: es laboral.
La presencia de conductas alimentarias potenciadoras de TCA entre profesionales del fitness cuestiona la solidez del modelo de salud que la industria pretende representar. El cuerpo se convierte en tarjeta de presentación, en credencial y en herramienta de venta. Es una realidad: cuando tu trabajo depende (o parece depender) de tu apariencia, el riesgo de desarrollar una relación tensa con la comida y el ejercicio aumenta.
Los más afectados: entrenadores personales
El estudio destaca que los entrenadores personales —quienes están en contacto directo con clientes, cámaras y redes sociales— muestran las tasas más altas de riesgo.
En el extremo contrario aparecen los entrenadores de alto rendimiento, donde el foco está en el rendimiento del deportista, no en la estética del profesional. Cuando la estética se convierte en criterio profesional, el riesgo de desarrollar TCA aumenta de forma silenciosa. El mensaje es claro: cuando la imagen parece valer más que el conocimiento, los riesgos aumentan.
Un problema silencioso
Si el ejercicio deja de cuidarte para empezar a controlarte, está lejos de ser salud.
A diferencia de otros sectores, el mundo del fitness carece de protocolos de detección, formación específica o mecanismos de prevención. El resultado: muchos profesionales normalizan síntomas que, en realidad, son señales de alarma. Un profesional del ejercicio puede usar sin “mala intención” ciertas expresiones y provocar un daño en su cliente. Las frases pueden ser: “Es que yo soy muy disciplinado.”; “Nunca me salto un entrenamiento.”; “No como eso, es comida basura”; “Hoy entreno más porque ayer cené de más”. Estas frases socialmente se aplauden, pero, según la investigación, pueden ser indicadores de una relación poco sana con el cuerpo.
¿Qué podemos hacer?
El cuerpo del profesional del ejercicio no es su currículum, es su vehículo de trabajo. Este estudio no señala ni culpa: advierte. Nos recuerda que el bienestar no depende del aspecto ni del “buen ejemplo”, sino de la calidad de la relación que el preparador físico mantiene con uno mismo. Los profesionales del ejercicio proyectan, necesitan —igual que cualquier persona— espacios seguros, educación basada en evidencia y acompañamiento cuando la relación con el movimiento y la comida empieza a complicarse.
El gym como factor de riesgo
El entorno profesional del fitness presenta características únicas: Idealización de determinados tipos corporales (delgadez, musculación definida); exigencia de visibilidad constante y normalización de conductas restrictivas bajo el disfraz de la “disciplina”.
Estas dinámicas pueden favorecer el desarrollo o la perpetuación de TCA, especialmente en personas con predisposición previa.
Implicaciones para la práctica profesional
Los resultados de la revisión resaltan la necesidad de: Formación específica para profesionales del ejercicio en detección de TCA; protocolos de derivación a especialistas en salud mental y nutrición clínica, así como la promoción de discursos corporales inclusivos centrados en la funcionalidad y la salud, no en la estética.
Y lo más importante: revisar tu propia relación con el ejercicio y la alimentación, junto con los mensajes que trasmites. Hacer autocrítica es una manera de proyectar el ejercicio como fuente de salud y no de enfermedad.
Efecto multiplicador
Dado que los profesionales del fitness pueden actuar como referentes para la población general, la presencia de TCA en este colectivo puede tener un “efecto multiplicador” que reproduzca prácticas arriesgadas entre clientes, especialmente jóvenes, mujeres y personas en contextos vulnerables. Por ejemplo: mi entrenador solo se alimenta de batidos de proteínas o entrena todos los días dos horas siempre, pues yo también.
El ejercicio no es el enemigo
El verdadero problema no es entrenar, tampoco es querer cuidarse. El riesgo aparece cuando la salud se mide solo con estética, el entrenamiento se convierte en castigo y la comida se vive con miedo.
La solución está en cambiar el discurso, educar en TCA, revisar prácticas y construir un fitness que abrace la diversidad corporal, respete los procesos y entienda que la salud es mucho más que el aspecto físico.
Al final, incluso en una industria obsesionada con la imagen que poco a poco va cambiando, lo que más pesa es lo que no se ve. Si el sector del fitness aspira a ser un agente de salud, primero debe garantizar las buenas praxis y el equilibrio emocional de quienes lo sostienen.
Tener un entrenador con un TCA no es peligroso porque esa persona sea “débil” o “no apta”, sino porque su relación dañada con el ejercicio y la alimentación puede transmitirse, directa o indirectamente, a quienes confían en él o ella para mejorar su salud.
El fitness necesita profesionales formados, pero también acompañados. No se puede promover la salud desde la enfermedad.
Cuadro: Elaboración propia. Conductas de riesgo de los preparadores físicos
y consecuencias para el cliente.

No se puede seguir creciendo sobre profesionales que se rompen en silencio; la salud del sector empieza por su gente. Reconocer el problema no es estigmatizar: es el primer paso para transformar el fitness en un mejor espacio de salud pública.
Bibliografía
Carroll, M., Newman, E., Cradock, K., Bruha, L., & Sharpe, H. (2025). A systematic review of the prevalence of disordered eating in fitness professionals. Eating Behaviors, 59, Article 102045.
Imagen de portada creada con Inteligencia Artificial.




